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La chagra: un modelo ancestral de biodiversidad

Contribuciones a los diversos mecanismos para créditos de biodiversidad

Un ensayo independiente y autorizado de Miguel Chindoy, en nombre de Agropueblos, Asociación Indígena para la Gobernanza de los Primeros Pueblos, abril de 2026


La chagra a lo largo de diversos territorios de América Latina y sus equivalentes en otras partes del mundo, constituye mucho más que un sistema de producción agrícola: es una expresión viva de la biodiversidad en la que los pueblos indígenas, los pueblos afrodescendientes y las comunidades locales no solo interactúan con la naturaleza; somos constitutivos de ella. Esta comprensión rompe con la visión occidental que separa sociedad y naturaleza; en su lugar, propone una ontología relacional en la que lo humano, lo vegetal, lo animal y lo espiritual coexisten en un tejido interdependiente. Desde esta perspectiva, la biodiversidad no es meramente una suma de especies, sino una red de relaciones vivas que incluye saberes, prácticas, lenguas y espiritualidades, configurando sistemas bioculturales complejos.

Composite portrait of five Indigenous grandmothers — abuelas, seed keepers, traditional knowledge holders — from the Agropueblos program in Putumayo, Colombia. Shown with ceramic vessels, medicinal plants, sugarcane, and heirloom seeds from their home gardens. Intergenerational Indigenous women's leadership anchors Savimbo's grassroots reforestation and agroforestry methodology.
Chagra portadores de linaje en el colectivo Agropueblos — Sibundoy, Colombia.

En este sentido, la chagra debe comprenderse a través de una lente multiconceptual que articula dimensiones ecológicas, culturales, económicas, espirituales y jurídicas. No se trata solo de cultivo: es escuela, laboratorio, templo, mercado y espacio político. Diversos estudios etnoecológicos han demostrado que sistemas tradicionales como la chagra contienen niveles de diversidad biológica superiores a los de muchos sistemas agrícolas modernos, que constituye una estrategia clave para la in situ conservación de la biodiversidad. Esta complejidad nos permite reconocer la chagra como una unidad integral de gestión territorial que materializa principios de sostenibilidad profunda, sustentados en los siguientes puntos:

  1. La lógica que sustenta la chagra se deriva de una cuidadosa atención al orden de la naturaleza, basada en el principio de unidad en la diversidad. Nuestros ancestros comprendieron que la vida se sostiene mediante la cooperación entre especies y no por la competencia excluyente, y por ello diseñaron sistemas de policultivo en los que conviven en armonía plantas medicinales, alimentarias, rituales y forestales. Esta organización ecológica favorece el reciclaje de nutrientes, el control biológico de plagas y la resiliencia climática, constituyendo un modelo altamente eficiente desde un punto de vista agroecológico. La chagra se erige así como una sofisticada tecnología ancestral que hoy dialoga con las ciencias contemporáneas.

  2. La chagra es un espacio para la reafirmación del tejido social y la cohesión comunitaria. Las actividades que allí se desarrollan —siembra, deshierbe, cosecha y otras— se realizan de forma colectiva, fortaleciendo los lazos de solidaridad, reciprocidad y responsabilidad compartida. En lengua kamëntšá, una de las 560 lenguas indígenas de América Latina y el Caribe (Eberhard et al. 2023), el concepto JENA BUATAMBAN expresa esta práctica con profundidad: enseñanza mutua mediante ayuda mutua en el trabajo. Esta noción encarna una pedagogía comunitaria en la que el conocimiento se transmite haciendo, compartiendo y acompañando, convirtiendo la chagra en una institución social fundamental para la reproducción de la vida colectiva.

  3. La chagra es un reservorio dinámico de conocimientos ancestrales que abarca desde el manejo de semillas hasta saberes botánicos complejos, calendarios lunares y expresiones artísticas. Es aquí donde se desarrolla una verdadera ciencia de la vida, basada en la observación, la experiencia y la transmisión intergeneracional. Aquí emergen las voces de los mayores como guardianes de la memoria, de las mujeres como cuidadoras de la diversidad, y de los niños y jóvenes como continuadores del conocimiento.

  4. La chagra garantiza la soberanía alimentaria de las comunidades al constituirse en una despensa permanente de alimentos diversos, nutritivos y culturalmente adecuados. La diversidad de especies asegura dietas equilibradas y reduce la dependencia de los mercados externos, fortaleciendo la autonomía alimentaria. Además, la producción sin agroquímicos contribuye a la salud de los ecosistemas y de las personas, consolidando una relación directa entre alimentación, territorio y bienestar. Desde esta perspectiva, la chagra alimenta no solo los cuerpos, sino también las identidades y las formas de vida.

  5. La chagra es la guardiana de los espacios rituales y espirituales donde se realizan ofrendas, pagamentos, y prácticas de armonización energética. Estos actos —incomprensibles para la racionalidad dominante— son fundamentales para el equilibrio entre los mundos visible e invisible. La dimensión espiritual de la chagra regula el uso del territorio y orienta las prácticas productivas, estableciendo límites éticos y cosmológicos que previenen la sobreexplotación. Los estudios han señalado que estas prácticas constituyen sistemas complejos que contribuyen a la conservación ambiental.

  6. La chagra contribuye a la sostenibilidad económica de las comunidades mediante la generación de excedentes que pueden intercambiarse o comercializarse. Este componente económico no responde a una lógica de acumulación sino de suficiencia y redistribución, permitiendo ingresos complementarios sin romper el equilibrio ecológico. Las experiencias documentadas muestran que los productos de sistemas biodiversos poseen un alto valor cultural y nutricional, abriendo oportunidades para modelos de comercio justo y sostenible (FAO 2018).

  7. La chagra es un espacio de gobernanza territorial y ambiental. A través de su manejo, las comunidades ejercen control, cuidado y protección sobre el territorio, configurando prácticas de resguardo que aseguran la conservación de ecosistemas estratégicos. Este ejercicio se inscribe en sistemas de derecho consuetudinario que regulan el acceso, uso y manejo de los bienes naturales. En este sentido, la chagra puede entenderse como una unidad básica de gobernanza mediante la cual se materializa la autonomía territorial.

Indicadores cuantificables de la chagra para créditos de biodiversidad

A efectos de su incorporación en esquemas de créditos de biodiversidad, la chagra permite definir indicadores medibles que integran variables ecológicas y bioculturales —indicadores que expresan no solo valores cuantitativos sino también relaciones complejas entre naturaleza, cultura y territorio:

  1. Riqueza de especies. Se refiere al número total de especies cultivadas, asociadas y espontáneas presentes por unidad de área dentro de la chagra. Su importancia radica en visibilizar el nivel de biodiversidad que mantiene el sistema, mostrando cómo la diversidad biológica no es incidental sino el resultado de una planificación cultural. Una mayor riqueza de especies se asocia con una mayor resiliencia ecológica, mejor capacidad de adaptación al cambio climático y mayor estabilidad de los sistemas productivos.

  2. Índice de diversidad. Más allá de un conteo de especies, este índice evalúa la distribución y abundancia relativa de cada especie dentro del sistema. En la chagra, este indicador refleja el equilibrio entre especies dominantes y secundarias, evidenciando la ausencia de una lógica de monocultivo y la presencia de una coexistencia equilibrada. Su medición permite traducir técnicamente la noción ancestral de "unidad en la diversidad" a términos inteligibles para los esquemas de monitoreo y verificación.

  3. Captura de carbono. Mide la cantidad de carbono almacenado tanto en la biomasa aérea (cultivos, árboles, arbustos) como en el suelo. Chagras, al integrar especies perennes, cultivos anuales y diversa cobertura vegetal, tienen una alta capacidad de captura y almacenamiento de carbono, contribuyendo a la mitigación del cambio climático. La medición puede realizarse mediante metodologías reconocidas por el IPCC (IPCC 2019), facilitando su integración en mercados ambientales y esquemas de compensación.

  4. Diversidad funcional. Evalúa la variedad de funciones que cumplen las especies dentro de la chagra —como alimento, medicina, ritual, protección del suelo o regulación del agua. A diferencia de los sistemas agrícolas convencionales, en los que predomina una función productiva, la chagra integra múltiples funciones en un solo espacio, lo que aumenta su valor ecológico y cultural. Esta diversidad funcional es clave para la sostenibilidad del sistema y su capacidad de adaptación.

  5. Conservación del suelo. La chagra contribuye significativamente a la salud del suelo, la cual puede medirse mediante el contenido de materia orgánica, la estructura del suelo y la capacidad de retención de agua. Estos elementos evidencian procesos de regeneración natural derivados de prácticas como la rotación de cultivos, el uso de cobertura vegetal y la no utilización de agroquímicos. Un suelo sano garantiza no solo productividad sino también servicios ecosistémicos esenciales.

  6. Índice de soberanía alimentaria. Mide la proporción de alimentos consumidos por la comunidad que provienen directamente de la chagra. Más allá de una cifra cuantitativa, refleja el nivel de autonomía alimentaria, la calidad nutricional de la dieta y la continuidad de prácticas culturales asociadas a la alimentación. Una alta dependencia de la chagra indica una menor vulnerabilidad ante crisis externas como alzas de precios o escasez alimentaria.

  7. Indicador de transmisión de conocimientos. Evalúa la participación de diferentes generaciones (mayores, adultos, jóvenes y niños) en chagra actividades de chagra funciona como una escuela intergeneracional donde se transmiten conocimientos sobre semillas, ciclos naturales y prácticas culturales.

  8. Índice de conectividad ecológica. Analiza la relación entre la chagra y los ecosistemas circundantes, evaluando si existe continuidad ecológica o fragmentación del paisaje. Chagras, al integrarse en matrices territoriales más amplias (bosques, ríos, montañas), contribuyen a la conectividad biológica, facilitando los flujos de especies y la conservación de hábitats. Este aspecto es clave para entender su contribución más allá del área cultivada.

Estos indicadores permiten construir líneas de base, monitoreo y verificación dentro de esquemas de compensación por biodiversidad, integrando dimensiones ecológicas y culturales.

Argumento jurídico para el reconocimiento de la chagra en los mecanismos de biodiversidad

El reconocimiento de la chagra como una unidad válida dentro de los esquemas de créditos de biodiversidad encuentra un sólido fundamento en el derecho internacional de los pueblos indígenas y en los instrumentos globales de biodiversidad.

1. Convenio 169 de la OIT (OIT 2003) establece la obligación de los Estados de proteger los valores, las prácticas y las formas de vida de los pueblos indígenas, incluidas sus propias formas de uso y manejo del territorio (arts. 5, 7 y 15). La chagra, como sistema integral de producción, conocimiento y espiritualidad, encaja directamente en estas disposiciones, lo que implica que cualquier mecanismo de mercado o compensación debe reconocerla, respetarla y fortalecerla, garantizando la participación efectiva de las comunidades en la toma de decisiones y en los beneficios derivados.

2. La Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas (DNUDPI 2007) refuerza este marco al reconocer el derecho de los pueblos a mantener, controlar, proteger y desarrollar sus conocimientos tradicionales y manifestaciones culturales (art. 31), así como su relación espiritual con las tierras, territorios y recursos (art. 25). La chagra no puede reducirse a un activo económico sin vulnerar estos derechos; por el contrario, su inclusión en los mercados de biodiversidad debe garantizar el Consentimiento Libre, Previo e Informado (CLPI) y mecanismos para la distribución justa y equitativa de beneficios.

3. El Convenio sobre la Diversidad Biológica (CDB 1992), en particular en su artículo 8(j), obliga a los Estados a respetar, preservar y mantener los conocimientos, innovaciones y prácticas de las comunidades indígenas relevantes para la conservación y el uso sostenible de la biodiversidad. Asimismo, promueve la participación equitativa en los beneficios derivados de su utilización. Dentro de este marco, la chagra constituye una expresión concreta de estos saberes tradicionales, de modo que su reconocimiento dentro de los esquemas de créditos de biodiversidad no solo es pertinente sino jurídicamente exigible.

De manera complementaria, el Marco Mundial de Biodiversidad de Kunming-Montreal (CDB 2022) reconoce el papel fundamental de los pueblos indígenas y las comunidades locales como guardianes de la biodiversidad, estableciendo metas específicas relacionadas con su participación, sus territorios y el respeto de sus derechos. En particular, las metas orientadas a la conservación del 30% de la biodiversidad mundial y la restauración de los ecosistemas solo son alcanzables mediante el fortalecimiento de sistemas como la chagra, que ya operan como modelos eficaces de in situ conservación.

En el contexto emergente de los mercados de biodiversidad, diversos foros internacionales han señalado la necesidad de establecer salvaguardas sociales y ambientales que eviten la mercantilización indebida de la naturaleza y la apropiación del conocimiento tradicional. Iniciativas como los principios para créditos de biodiversidad y los debates en espacios como la COP del CDB y el Foro Económico Mundial han enfatizado que estos mecanismos deben ser medibles, verificables, adicionales y, sobre todo, justos. La chagra cumple con estos criterios al ofrecer indicadores claros de biodiversidad, pero requiere que su implementación se ancle en derechos colectivos y no en lógicas extractivas.

En consecuencia, desde una perspectiva jurídica, la inclusión de la chagra en los esquemas de créditos de biodiversidad no es una concesión, sino una obligación derivada de los compromisos internacionales asumidos por los Estados. Su reconocimiento implica garantizar autonomía, participación, protección del conocimiento tradicional y una distribución justa y equitativa de beneficios, evitando nuevas formas de despojo bajo narrativas de sostenibilidad. De este modo, la chagra se posiciona no solo como un modelo ecológico, sino como un sujeto de protección jurídica dentro del marco de la gobernanza mundial de la biodiversidad.

Conclusión sobre chagras

La chagra, entendida como un sistema biocultural integral, nos permite repensar profundamente el lugar de los pueblos indígenas, los pueblos afrodescendientes y las comunidades locales en la gobernanza mundial de la biodiversidad y la acción climática. Lejos de ser considerados solo como poblaciones vulnerables o receptoras de beneficios, somos ante todo actores estratégicos, aliados fundamentales y coadministradores en la construcción de respuestas a la crisis climática. La episteme ancestral, las prácticas tradicionales y nuestra relación histórica con la naturaleza constituyen una base concreta, probada y vigente para enfrentar los desafíos contemporáneos.

La crisis climática no es solo un problema técnico o ambiental, sino una crisis civilizatoria que deja al descubierto los límites de los modelos de desarrollo basados en la extracción, la homogenización y la mercantilización de la naturaleza. Frente a este escenario, sistemas como la chagra ofrecen alternativas reales sustentadas en principios de diversidad, equilibrio, reciprocidad y sostenibilidad. La capacidad de estos sistemas para conservar biodiversidad, capturar carbono, regenerar suelos y sostener economías locales demuestra que los pueblos que los practican no son vestigios del pasado sino portadores de soluciones para el presente y el futuro.

Reconocer a los pueblos indígenas, los pueblos afrodescendientes y las comunidades locales como guardianes de la naturaleza implica también reconocer nuestra agencia política, nuestra autonomía y el derecho a participar en igualdad de condiciones en los escenarios de toma de decisiones. No se trata de una inclusión simbólica, sino de establecer mecanismos efectivos de gobernanza compartida en los que los sistemas de conocimiento tradicionales y nuestras propias instituciones ocupen un lugar central. En este sentido, la chagra no es solo un espacio productivo sino un nodo de gobernanza desde el cual se ejerce control territorial, se regula el uso de los bienes naturales y se proyectan formas de vida sostenibles.

Asimismo, en el marco de los mercados emergentes de biodiversidad, es fundamental evitar que estos instrumentos reproduzcan las mismas lógicas de exclusión y despojo que históricamente han afectado a nuestros pueblos. La incorporación de la chagra en estos esquemas debe ir acompañada de salvaguardas robustas que garanticen el respeto de los derechos colectivos, la protección del conocimiento tradicional y la distribución justa y equitativa de los beneficios.

Además, los indicadores propuestos en este documento demuestran que es posible traducir la complejidad de la chagra en métricas verificables sin despojarla de su dimensión cultural y espiritual. Esta posibilidad abre un campo estratégico para posicionar a las comunidades como proveedoras legítimas de servicios ecosistémicos y bioculturales, fortaleciendo la autonomía económica y la capacidad de incidencia. Sin embargo, este proceso debe ir acompañado de metodologías participativas que respeten los tiempos, dinámicas y cosmovisiones propias de cada pueblo.

Por último, es necesario transitar hacia un cambio de paradigma en el que los pueblos indígenas, los pueblos afrodescendientes y las comunidades locales dejen de ser vistos como sujetos pasivos dentro de las políticas ambientales, y pasen a ser socios activos en la construcción de soluciones globales. La chagra, en su integralidad, encarna esta posibilidad: es territorio, es conocimiento, es economía, es espiritualidad y es derecho. Reconocerla y fortalecerla no solo contribuye a la conservación de la biodiversidad, sino que abre caminos hacia formas más justas, sostenibles y equilibradas de habitar el mundo.

En consecuencia, cualquier estrategia seria frente a la crisis climática y la pérdida de biodiversidad debe partir del reconocimiento efectivo de los pueblos originarios como aliados estratégicos. No hacerlo sería una omisión ética y un error técnico y político que limitaría las posibilidades reales de enfrentar la crisis global. La chagra, como expresión concreta de estos sistemas de vida, se posiciona así como una propuesta integral que articula saberes ancestrales con desafíos contemporáneos, demostrando que las soluciones más profundas pueden encontrarse en las prácticas que han sostenido la vida a lo largo de generaciones.

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